miércoles, 13 de julio de 2016

El Saco de Roma


  El 6 de mayo de 1527 comenzó el llamado Saco de Roma (traducción resultante del traslado al español de la voz italiana “Sacco di Roma”). Hay quien dice que marcó el fin del Renacimiento romano, por lo que de traumático y destructor tuvo en muchos ámbitos. Un ejército, el del emperador Carlos V,  prácticamente amotinado por no cobrar la paga desde hacía bastante tiempo, casi inmanejable ya por los mandos y la oficialidad que en realidad iban a remolque tras él, cayó de manera salvaje sobre la capital del papado, saqueándola durante semanas con una crueldad  y una violencia sin precedentes.
 Pocas mujeres romanas, religiosas o seglares, escaparon de ser violadas. Fueron asesinadas miles y miles de personas, sin distinción de edad o condición. Sobre la mayor parte de la población cayó de una manera brutal la violencia acumulada por unas tropas fuera de control, no sometidas ya a ningún tipo de disciplina militar. Se da la circunstancia de que entre el contingente militar iban 10.000 lansquenetes, soldados alemanes luteranos ( y sin embargo de una fidelidad absoluta al católico monarca español) para los que el papa era poco menos que el anticristo. Muchísimos clérigos fueron asesinados, multitud de iglesias saqueadas y quemadas (menos las nacionales españolas), una ingente cantidad de obras de arte destruidas o sometidas a rapiña ... Lansquenetes totalmente borrachos hacían fuego con manuscritos antiquísimos, profanaban templos y se enaltecían al grito de  "¡¡ Lutero papa !!".

 Pero retrocedamos en el tiempo. ¿Qué tipo de motivaciones habían llevado al ejército imperial a las puertas de Roma?.
 Habría que analizar varias cuestiones  que nos llevan a una disgresión que espero no nos aleje excesivamente del tema. Vamos a considerar dos coordenadas:

- Las recurrentes tensiones entre el Imperio y el Papado.
A mi entender, cabría hacer aquí una reflexión con bastante perspectiva histórica. Desde la caida del Imperio Romano se daba lo que algunos historiadores han llamado "nostalgia de la romanidad". Había un cierto intento, una tentación, de recoger la antorcha imperial  y asumir la herencia de Roma. Ya el Imperio Bizantino se consideraba por su parte el legítimo sucesor del Imperio Romano, ante el hecho consumado de la irrupción de los "bárbaros" en las fronteras occidentales. Se da el caso curioso que desde la caida de Constantinopla en 1453, con la consiguiente pérdida de la "segunda Roma", se comienza a hablar de Moscú como la "tercera Roma". Pero esto está muy circunscrito, evidentemente, al ámbito oriental y ortodoxo.
 ¿Qué sucedía en Occidente? Pues que se fue forjando ese proyecto imperial por parte de quien detentaba el liderazgo político y militar, surgiendo esa nebulosa estructura política llamada Sacro Imperio Románico Germánico. Y fue Carlomagno quien puso rostro a ese intento de continuidad de las antiguas grandezas imperiales. Pero enseguida surgió una cuestión cuyo análisis  nos ayudaría a comprender en cierto modo el por qué de un ejército imperial asaltando las murallas de Roma siglos después.
Se trataba de la legitimidad. ¿Quién era el legítimo líder de ese intento de "romanidad", de esa cristiandad que necesitaba de un guía fuerte que ejerciera el poder absoluto? ¿El Papa o el Emperador? Ese fue el origen de muchas de las tensiones y problemas que se fueron dando a lo largo de la historia. Era un choque de legitimidades. Poder temporal  versus  poder espiritual.

- Italia se había convertido en una suerte de tablero político en el que las potencias europeas dirimían sus intereses estratégicos.
 Hay que tener en cuenta la rivalidad entre Francia y España, personalizada por Francisco I y Carlos V, es decir, los Valois y los Habsburgo. En el momento que nos ocupa tenemos como antecedente muy reciente la derrota, en 1525  en Pavía, de las tropas del francés a manos del ejército imperial. Esto supuso la prisión de Francisco I en España durante algún tiempo, retención de la que se pudo liberar posteriormente tras hacer efectivo un cuantioso rescate y firmar una serie de condiciones que terminaría, una vez en libertad, por no cumplir, a pesar de que dos de sus hijos habían quedado retenidos como rehenes en suelo español para velar por la ejecución de las cláusulas firmadas.
 No solo no cumplió dichas condiciones para su liberación sino que el 22 de mayo de 1526 fundaba junto al Papa Clemente VII, la República de Venecia y el Ducado de Milán  la Santa Liga, en la ciudad francesa de Cognac, en un intento de unir fuerzas contra el enemigo común, el Imperio de los Habsburgo. Carlos V tomó nota, evidentemente, de la toma de partido clara y diáfana  de Clemente VII. La suerte de Roma estaba echada.


 En julio de 1526 las tropas imperiales entraban en Milán, obligando a capitular y abandonar la ciudad al titular del Ducado. Se habían unido en el norte de Italia una fuerza militar hispana, al mando del duque de Borbón Carlos III y otra alemana comandada por Georg von Frundsberg, que había reclutado 12.000 lansquenetes y cruzado los Alpes para agruparse con el grueso de las fuerzas de Carlos V.
 Tras la victoria sobre los franceses, se constató la ausencia de fondos para pagar al ejército de los Habsburgo. El comandante en jefe de dichos ejércitos, Carlos III, duque de Borbón y Condestable de Francia -enemistado con Francisco I y pasado al bando rival-, en una huida hacia adelante e impelido por las cada vez más insubordinadas tropas tomó rumbo hacia Roma. Esta fuerza militar estaba formada por 10.000 alemanes (los célebres lansquenetes de Baviera, Sajonia y Franconia), 5.000 españoles, 3.000 italianos,  y 800 jinetes integrantes del arma de caballería ligera. Algunos cálculos hablan de un total de hasta 30.000 combatientes mal vestidos, hambrientos, mal pagados que parecían contar con cobrarse sobre el terreno todos los atrasos que se les debían.
  En su avance pasaron cerca de Bolonia, que pagó una importante suma para evitar el saqueo. También se acercaron a Florencia, que compró así mismo su seguridad abonando un cuantioso tributo para librarse de la entrada y pillaje de la fuerza imperial, a pesar de que se había declarado la peste en esa ciudad.
 Conforme se aproximaban los ejércitos de los Habsburgo, la preocupación e incluso el terror se adueñó de la población romana. Se le aconsejó  al Papa que negociara un acuerdo similar al de las anteriores ciudades. El 25 de marzo de 1527, el virrey de Nápoles, Charles de Lannoy, compareció en Roma como emisario especial de Carlos V para llegar a un arreglo. La muchedumbre permanecía en vilo en la Plaza de San Pedro a la espera de la noticia de la firma del pacto.A la caída de la tarde se selló el acuerdo por fin. Éste estipulaba un cuantioso pago por parte de Clemente VII. Se satisfizo y como gesto de buena voluntad por el Pontífice fueron despedidos  los mercenarios que estaban bajo el mando papal. Pero ni con este pacto se podía detener a la indisciplinada horda que se dirigía hacia Roma.
 A los oficiales que insinuaban la posibilidad de retirarse, la propia tropa los amenazaba de muerte. Cuando más tensa era la situación falleció el jefe de los lansquenetes y tomó mando directo sobre ellos el condestable Duque de Borbón, sin autoridad real en la práctica. Ya nadie tenía poder sobre esa marea humana armada. Ni siquiera el mismo emperador que estaba en España podía hacer nada por detenerla desde la distancia.
 En Roma mientras tanto, las esperanzas de pacto se habían tornado en un pánico generalizado. Mientras Clemente VII todavía esperaba que el acuerdo de paz sería cumplido en el último momento, algunos de los cardenales solo pensaban ya en huir y poner a salvo sus tesoros. Solo cuando los imperiales se encontraban  cerca de la ciudad se decidió el papa a poner en marcha la defensa. Ante la realidad de las arcas vacías no tuvo otro medio de recaudar fondos para reclutar tropa que el de otorgar  la dignidad cardenalicia a varios ricos comerciantes romanos mediante el pago de una cuantiosa suma. El sitio más seguro y fortificado de la ciudad era el castillo de Sant'Angelo. Hacia él se dirigieron con prontitud cuantos cardenales y prohombres romanos tuvieron la oportunidad de hacerlo.
 A poco de llegar a las murallas de Roma para iniciar el asalto cayó abatido el condestable Duque de Borbón. Lo que en principio supuso para lo sitiados la esperanza de que esta muerte iba a retraer a las tropas invasoras, pronto se vio que carecía de fundamento. Más descontrolada si cabe, la soldadesca era como una fuerza de la naturaleza sin freno.Enseguida asaltaron los imperiales las murallas y se dispersaron por las calles sembrando la destrucción y el pánico. Heroica se puede considerar  la defensa del palacio del Vaticano que hizo la Guardia Suiza, que fue masacrada sin contemplaciones en su intento de proteger a Clemente VII.  Este se rezagó y no buscó la seguridad de Sant'Angelo hasta muy al final. Llegó a través de un corredor secreto que unía esta fortificación con la residencia papal.  Dentro de esa fortaleza los refugiados se sintieron en principio a salvo pero la ciudad quedó abandonada a la brutalidad de los lansquenetes.
 Tras las primeras ejecuciones comenzó el pillaje. El saqueo incluyó las obras de arte que custodiaba el propio Vaticano. Incluso cardenales que estaban alineados con la facción imperial tuvieron que pagar fuertes cantidades de dinero por su seguridad y por evitar el robo de sus bienes. El 8 de mayo apareció por la ciudad el cardenal Pompeo Colonna, enemigo declarado del papa. Llegó seguido de campesinos de sus tierras que querían vengarse de los saqueos a los que habían sido sometidos por las tropas vaticanas, en el marco de las luchas entre los Colonna y Clemente VII. Se cuenta que, a pesar de su beligerancia, al purpurado le causó tal impresión la contemplación del desastre romano que terminó hospedando a ciudadanos que huían de la violencia en su propio palacio.
 Por otra parte los integrantes de la Liga de Cognac no intervinieron en auxilio del Pontífice romano. Se rumoreó entonces que los otomanos iban a aprovechar la estancia de los ejércitos imperiales en Italia para cruzar los Alpes con una gran fuerza militar y atacar la retaguardia de los Habsburgo (lo que esperanzó sobremanera a los romanos), pero nada de eso se cumplió.
 El Papa, resignado y mentalizado de que no iban a intervenir sus aliados en su favor se avino finalmente a negociar. Claudicó el 6 de junio y hubo de abonar como rescate y para salvar su vida una cantidad de 400.000 ducados. La negociación incluía también la cesión de varias de sus posesiones al Sacro Imperio Romano Germánico. En concreto Civitavechia, Piacenza, Parma y Módena.
 Por su parte, más tarde Carlos V dio muestras de dolor (si fingido o no, es otra cuestión) y hasta se llegó a vestir de luto en un intento de recordar a las víctimas.
Clemente VII, a partir de estos acontecimientos procuró llevar una política de no beligerancia con el Emperador.
Como homenaje a la heróica defensa que del Vaticano hizo la Guardia Suiza, desde entonces los nuevos reclutas prestan su juramento los 6 de mayo de cada año.

 Estos hechos, como decíamos al principio, constituyeron  un punto de inflexión muy importante en la historia de Roma. Nada volvió a ser como antes. El Renacimiento romano se daba por concluido.


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