jueves, 22 de diciembre de 2016

Los virus, esos maquiavélicos invasores


La combinación de cuatro elementos que se repiten millones de veces forma un macrocódigo que se traducirá posteriormente para generar las expresiones de vida más peregrinamente diversas. Esos cuatro elementos son las dos bases púricas y las dos bases  pirimidínicas y el macrocódigo es el ADN.
  Así pues, los mimbres a partir de los cuales surge cualquier ser vivo, ya sea una cebolla, un caballo, un alga microscópica o nosotros mismos son todos idénticos. Lo único que varía es la combinación de sus componentes. 
 Ese es uno de los misterios de la vida. Y eso lo saben y se lo tienen muy bien aprendido los virus. Como son "conscientes" de que las piezas o moléculas primigenias formadoras de vida son comunes a todos los seres vivos y que lo único que varía es la combinación de esos eslabones de la gran cadena de ADN, ellos, en su sencilla y a la vez compleja "sabiduría" inyectan en nuestras timoratas células esos elementos combinados a su gusto para que nosotros, confiadamente, procedamos a ejecutar la orden que emana de estos diminutos seres. Nuestras inocentes células no se percatan, pues, de que el código que traducen pertenece a un  invasor y creen que es un código propio. Y entonces ya está el lío montado. 
 A nivel celular nos convertimos en una factoría que fabrica virus de forma industrial. Hasta que llega un momento en que nuestro organismo se percata de que algo no marcha bien, comienza a detectar elementos extraños, pone en marcha sus aparatos defensivos y comienza a darle "caña" al invasor. Nuestro sistema inmunológico aprende muy bien la lección de esos hechos y memoriza con una precisión milimétrica las características físicas de esos pequeñísimos maquiavelos que han intentado dársela con queso,  para estar prevenido en un próximo ataque. Pero los virus son de una agudeza y de un ingenio que para sí los quisiera más de un humano.
 Cuando al cabo de un tiempo deciden desembarcar de nuevo en nuestros tejidos reflexionan y se dicen a sí mismos: "Ojo. Estos señores nos tienen muy calados. Hay que cambiar de careta para que no nos reconozcan." Y dicho y hecho. Modifican la cubierta protéica que los protege, el caparazón que los envuelve, y vuelta a empezar, comienzan otra vez a inyectar códigos propios que engañan a nuestras células que producirán virus a escala  masiva mientras nuestro organismo permanece a la "luna de Valencia" porque no tiene memoria de estos, para él, inéditos invasores que no cree tener fichados. Y así tanta veces cuantas mutaciones le salgan de las narices a este tan sencillísimo y a la vez complicado ser vivo. Por esa extrema mutabilidad de algunos virus es tan difícil conseguir una vacuna eficaz en muchos casos.
 Porque un virus en realidad es muy poca cosa. Prácticamente no es nada. Es un pequeño trocito de ADN o ARN encapsulado. Sin nada más. Sin orgánulos ni ningún componente celular que realice función alguna. Por eso, para vivir, necesita de la funcionalidad de una célula ajena. Es el colmo del parasitismo. Inyectan una copia de ese trocito de ADN o ARN en el ser invadido y éste pone toda su infraestructura al servicio de su invitado. Cuando el anfitrión se da cuenta del timo ya es demasiado tarde. 
  La mayoría de los virus son inofensivos. Los hay también, con ejemplos que todos conocemos, de gran capacidad patogénica.  Pero podría darse el caso de que apareciera  alguno con un potencial infeccioso que más vale no imaginar. Meditar sobre las consecuencias de una pandemia ocasionada por semejante microorganismo produce un desasosiego propio de película de terror en función doble con palomitas. 
 Yo pienso, es una opinión, que una de las amenazas reales que se podría cernir sobre la  la vida humana en el planeta (además de las derivadas del espacio exterior en forma de meteoritos o alteraciones solares extremas) sería la hipotética aparición de un supervirus de gran poder patogénico y alta mutabilidad. Así, en una gran paradoja, lo más sencillo, la más mínima expresión, acabaría con lo más complejo y evolucionado. Pero entonces, ¿cuál sería el vencedor en el gran torneo de la adaptación?. Dicen que la Naturaleza es muy sabia. 


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